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· El sadomasoquismo: "Cuando
amar duele de verdad"
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El
sadomasoquismo |
Cuando amar duele de verdad
por Martha Angélica Santos Ugarte
Revista digital www.anodis.com
Reproducción íntegra del artículo publicado
y previa autorización expresa por parte de Anodis.com
para Morboboy.net
Esposas, látigos,
y cadenas; azotes, rasguños, mutilaciones: esa es la idea
básica que la mayoría tiene sobre el sadismo y
el masoquismo.
Sin embargo, más
allá de los estereotipos cuyo único deseo es señalar
ambas tendencias como “patológicas”, existen
cuestiones básicas como su definición actual, sus
antecedentes literarios y si de verdad deben considerarse una
anormalidad.
Sade y Masoch
Había una vez
un marqués francés cuyo único deseo era
experimentar el placer en los rumbos menos habituales. Hombre
de letras y culto, se encontraba hastiado de “amar” de
acuerdo a los cánones aceptados por la sociedad que, al
mismo tiempo, era testigo de la transición al nuevo siglo
XIX.
Y es “amar” pues,
a decir verdad, lo que a este marqués le interesaba no
era la adoración ni la idealización de una pareja,
sino el disfrute de nuevas sensaciones provenientes del sufrimiento
de ésta. Así, pinzas calientes para lacerar los
pezones de sus víctimas, los azotes, y las orgías
se volvieron cosa de todos los días para él.
Su nombre, por cierto,
era Donatien Alphonse Francois, y su título marqués
de Sade.
Por el contrario, aunque
durante el mismo período histórico, otro hombre
llevaba al límite su pasión por una mujer llamada
Wanda, que gozaba de amarrarlo de pies y manos, y obligarlo a
observar sus encuentros sexuales con distintos jóvenes,
no sin antes hacerle rogar por un beso, envuelta en pieles de
zorro gris.
Desde luego, él
no podía hacer nada para remediarlo. En principio, porque
no quería, y después, porque no podía. Escritor
como el marqués de Sade, había tenido la premura
de hacerle redactar a su amada un contrato, en el que, por si
acaso, aceptaba despojarse totalmente de su Yo, para convertirse
irremediablemente en un esclavo sexual. O, en palabras de la
misma Wanda: “No tenéis más voluntad que
la mía”.
Su nombre, es importante no olvidarlo,
era Leopold Von Sacher-Masoch.
La consigna social tiene un mote: sadismo
y masoquismo.
Y es importante no
olvidar el nombre de Masoch, tanto como el del marqués
de Sade, en tanto ambos le dieron vida a dos vocablos que, hoy
en día, forman parte del habla popular, ya sea a modo
de juego, analogía, exageración o realidad: masoquismo
y sadismo.
Dos palabras que por
mucho tiempo fueron sinónimo de perversión y anormalidad;
dos palabras que funcionaron, por un largo lapso, como consignas
sociales. Si no, obsérvese el caso del mismo marqués
de Sade, quien durante varios años estuvo recluido en
un hospital psiquiátrico y en prisión, o de Masoch,
cuyos dones literarios nunca han sido reconocidos.
En la actualidad, no
obstante, el masoquismo y el sadismo ya no son conocidas ni investigadas
bajo el calificativo de “Perversiones”. Ante la existencial
pregunta de ¿qué puede ser considerado normal?
o ¿qué es la normalidad?, la sexología optó mejor
por el apelativo de “parafilias”.
A fin de cuentas, y
ese fue un logro de esta ciencia durante el siglo XX, las consideraciones
sobre la normalidad varían de acuerdo con la religión,
la raza, y el contexto histórico y político, y
por lo mismo, frecuentemente pueden estar determinadas por los
prejuicios y una buena dosis de subjetividad. La sexología,
en el lado contrario, pretende estudiar a los seres humanos sin
antes etiquetar su comportamiento de manera discriminatoria.
Por parafilias, entonces,
se entienden las fantasías, necesidades y prácticas
sexuales especializadas e intensas, que suelen ser repetitivas
y generar, en ocasiones, molestias o ansiedades en el individuo.
Además del masoquismo y del sadismo, la sexología
también tiene identificados la necrofilia (sexo con cadáveres),
la pedofilía (con niños), y el frotteurismo (frotar
los genitales contra otras personas en lugares muy congestionados),
entre otros.
En esta lógica,
la Asociación Norteamericana de Psiquiatría ha
definido al sadismo y al masoquismo como variaciones sexuales
en las que los involucrados experimentan placer mediante el dolor,
ya sea de forma pasiva (masoquismo) o activa (sadismo). Suelen
analizarse en conjunto, en tanto ambas son formas expresivas
de un mismo fin (el dolor).
El sadomasoquismo muchas
veces se acompaña de otras parafilias como el fetichismo
(impulso sexual dirigido hacia un objeto) y el fetichismo trasvestista
(uso de ropa del sexo opuesto). De ahí la famosa y estereotipada
imagen de la dominatriz vestida con traje de cuero, o el uso
de instrumentos como esposas y látigos.
Sin embargo, esos avances
en ciertos campos científicos se siguen contraponiendo
con hechos reales, que van del calificativo “perversiones” en
la mayoría de las legislaciones mundiales, hasta el de “patologías” de
algunos psicólogos y psicoanalistas. Anexando, desde luego,
la estigmatización social.
Ese es el caso de “Rojo” (apodo
con el que por obvias razones prefiere ser conocido). Él,
según sus propias palabras, es un típico muchacho
mexicano, estudiante, trabajador y “amiguero”. Pero
con gustos particulares en lo sexual, como el ser golpeado por
sus parejas.
Bisexual, gusta de
llevar la parte “pasiva” en todas sus relaciones
y como Masoch, arrodillarse ante su “amado” o “amada” (preferentemente
desnudo (a) y ataviado (a) con altísimos zapatos de tacón,
pieles, o gabardinas negras), para rogar por un beso, y recibir
un mordisco, una bofetada y un arañazo.
En la escuela y su
trabajo, pese a su innegable gusto por este tipo de placer, prefiere
evitar el tema. Si sus compañeros o familiares lo supieran,
lo considerarían un “enfermo, alguien capaz de hacer
daño, que no se quiere, que no puede querer; mal educado,
sucio”. “Rojo” ya lidia con la homofobía,
por eso, prefiere no enfrentarse a esa otra forma de discriminación.
Él, insiste, es una persona “normal”.
¿Normal o anormal?
La última frase
de “Rojo” vuelve a remitir toda la problemática
a la interminable cuestión de lo que es “normal” y
lo que no lo es. De nuevo, la respuesta en este caso dependería
del contexto, las costumbres y la formación personal.
Después de todo, el sadismo y el masoquismo son considerados
parafilias para la sexología al no ser acontecimientos
aislados, ni extraños.
De hecho, no existe
un parámetro para determinar quiénes lo practican.
Es posible decir, en cambio, que el sadomasoquismo se puede presentar
en cualquier persona, de cualquier nivel económico o educativo.
Algunas constantes, empero, pueden ser la baja autoestima y el
comportamiento antisocial.
No obstante, cuando
una parafilia se aleja del nivel erótico y penetra en
uno “vandálico”, la situación cambia,
y sí puede resultar peligrosa. Existe un tipo de sadismo
conocido como “criminal”, específicamente,
cuya finalidad es el provocar daño a un ser humano (sin
previo consenso), o en ocasiones, hasta la muerte. Estas prácticas
continuamente provocan violaciones y asesinatos.
Los sujetos con esta
propensión suelen ser hombres. Una excelente representación
de uno de ellos puede encontrase en el libro American Psyco,
de Easton Ellis, y su protagonista, un asesino en serie que tras
torturar a prostitutas (clavándolas o introduciéndoles
ratas en su vagina), las mata y destaza.
Esta cita brinda la
oportunidad de detallar una variable psicológica bastante
interesante del sadomasoquismo en general: los sexos en los que
presenta. Así, el masoquismo es más usual en las
mujeres, aunque no es una constante, como se vio en el caso de “Rojo” (en
donde interviene su identidad de género).
Esto, de acuerdo con
el psicoanálisis, tiene relación con los sentimientos
inconscientes de culpa de las mujeres, venidos de su relación
con la figura paterna. Recurriendo a los conceptos freudianos,
una mujer masoquista (el Yo) pide ser castigada por el Súper
Yo (padre), para aliviar esa culpa.
Quizá, entonces,
el sadismo podría verse más como un acto frío
y brutal, mientras el masoquismo sería el lado romántico
e imaginativo de la parafilia. Finalmente, de interés
inclusive biológico, es la manera como tanto hombres y
mujeres sadomasoquistas logran vencer la barrera del dolor, yendo
contra el mismo instinto primigenio de supervivencia.
Así, pues, en
lo que prosigue el debate moral sobre la anormalidad y sus probables
razones, lo único comprobable es la validez y existencia
de una verdadera diversidad mundial, tanto en los modos de pensar,
como en los de actuar. Y para muestra, la literatura tan distinta
entre sí del marqués de Sade y Masoch.
O, para agregar un
tercer elemento en la multiplicidad, de George Bataille, que
en su Historia del ojo (edit. Coyoacán), dice: “…ya
desde entonces no me cabía la menor duda: no amaba lo
que se llama `los placeres de la carne´ porque en general
son siempre sosos; sólo amaba aquello que se califica
de `sucio´. No me satisfacía tampoco el libertinaje
habitual, porque ensucia sólo el desenfreno y deja intacto,
de una manera u otra, algo muy elevado y perfectamente puro”.
Martha
Angélica Santos
Ugarte
Revista digital www.anodis.com
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